Increíblemente llegaste al umbral de mi pena, y como un valiente caballero luchaste contra los fantasmas de un pasado reciente, quitaste los espinos que cortaban mi camino, sin dejarme pasar al otro lado, al lado donde la luna sobre la arena dibuja fantasías en mi piel.
Una carroza de sueños pusiste tú en mi puerta, me subí a ella dejándome conducir a tu mundo de ternuras dormidas, noches malgastadas en licores insípidos, sábanas frías, miradas que escapan sin decir palabra alguna.
A lo lejos un campanario da sus primeros acordes, dejando en libre vuelo a las palomas que en ese lugar cobijan sus alas adormecidas por un viento que es cruel en tiempos de angustias, pero sabio en tiempos de esperanzas nacidas.
Aquel día tú con una osadía inquietante te apoderaste de mis luchas más vanas, dando una solución a mi caída sin pausa, te evadiste de tu mundo para entrar en el mío así como si nada, sin preguntar, con la fuerza de un corazón que latió en galope imponente, ante lo que sucedía en ti y en mi, con arrojo escribiste una nueva página en mi libro de vida, una página que quedará por siempre, aún cuando te marches para seguir tu camino de héroes olvidados, tu magistral ostentación de dueño de mi alma quebrada dejará una imborrable huella.
Tú, llegaste sin avisar, no importa quien seas, si te conozco o quizas nunca supe de ti, tu omnipotente precencia no se irá de mi mente, alguién que sin querer, sin saber tuvo la hermosa locura de poner en mi puerta la carroza más bonita que haya visto alguna vez, y una nueva ilusión de inconmesurables nuevos mundos que esperan a ser transitados, juntos o no, pero con la certeza de que siempre hay alguién que se atreve a difundir un nuevo paraíso de amor

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