El ángel que hábita en la oscuridad de mi ser carece de sombra, solo es luz en mis oscuros amaneceres, que me condenan al miedo de las palabras que hieren mi alma en penumbras.
Mi ángel sabe que solo busco ser feliz, irradiando con su luz de blanco plumaje mi canto de alegría eterna, me acompaña en mi andar por la vida llevando en mi mirada los nuevos horizontes encontrados.
El ángel que está en mi es suave caricia en mis días fríos, en mis días tormentosos es la calma que invade mi espiritu inquieto, destellos de luces claras salen de sus manos abrazando mi pequeño-gran mundo de duendes azules, de hadas mágicas rosadas que le dan sentido y sosiego a mis horas agitadas. Mi ángel corre conmigo cuando no llego a la cita porque mis tiempos se ven atados al reloj del mundo que gira a mi alrededor sin darme descanso, entonces comienza mi loca carrera, traspasando la velocidad del sonido y de mi propia luz, mi ángel acelera ayudándome a llegar a ese lugar en el cual me esperas, donde siempre me has esperado.
Un ángel sin sombras que me enseña a dar pasos seguros, elevándome para no tropezar con las piedras que seguro harían que cayera a lo profundo del abismo, me ayuda a cruzar mares indómitos, cuyas gigantes olas quieren atraparme, él me acompaña por ese cielo de ilusión donde tantas noches te contemplé, donde tantas noches nos contemplamos.
El ángel que hábita en mi me libera de lo profundo de mi ocaso, de lo profundo de mis angustias, ubicándome en el sitio más seguro donde las crueldades del mundo nunca me alcancen, donde la lluvia fresca haga crecer mis nuevos huertos de paraísos encontrados. El ángel sin sombras es mi amigo sin condiciones, mi escudo que me protege de la flecha enviada por mi, mi copa transparente, mi dulce miel en noches de amor, mi locura más tierna que dibuja delfines en tu piel, mi juego de pasión que nunca pasa

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